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La lesión ocurre debido a un movimiento rápido, forzado y no controlado de la cabeza, cuya biomecánica recuerda el chasquido de un látigo.
La mayoría absoluta de los casos están relacionados con accidentes automovilísticos, en particular, los choques traseros. La inercia del cuerpo, firmemente asegurado por el cinturón de seguridad, hace que el torso se mueva hacia adelante junto con el asiento. La cabeza pesada primero se reclina hacia atrás con aceleración, y luego se lanza hacia adelante de forma refleja.
En la primera fase (hiperextensión), hay un estiramiento excesivo o microdesgarro de los músculos anteriores del cuello, daño al ligamento longitudinal anterior y fascias. En la segunda fase (flexión brusca), se lesionan los complejos ligamentosos posteriores, las cápsulas de las articulaciones intervertebrales y los músculos occipitales. La estructura de los huesos en sí generalmente no se ve afectada.
La gravedad clínica se determina no solo por el daño mecánico a los tejidos, sino también por la respuesta aguda del sistema nervioso central a la impulsación propioceptiva patológica de las cápsulas articulares dañadas.
Una característica engañosa de la patología es la presencia de un período de «claridad». En el momento del accidente, el paciente puede no sentir dolor debido a la potente liberación de adrenalina, sin embargo, después de unas horas, se desarrolla un síndrome de dolor creciente, provocado por hinchazón e inflamación aséptica.
El cuadro clínico se compone de rigidez pronunciada del cuello, dolor que irradia al occipucio y la cintura escapular, así como mareos y fatiga rápida.
El diagnóstico se realiza exclusivamente por exclusión. Para confirmar una lesión por latigazo cervical, el médico debe asegurarse de que no haya fracturas óseas ni hernias de discos intervertebrales mediante métodos instrumentales. El principal problema es el alto riesgo de que el dolor evolucione hacia una forma crónica.
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